domingo, 8 de noviembre de 2020

INVETERADAS

Dicen los diccionarios que inveteradas, son aquellas costumbres antiguas y arraigadas. En la sociedad en las que nos movemos podríamos indicar que una de las que reúne estas características es la habilidad de los españoles de no estar conformes nunca con nada. De protestar cuando se nos ofrece una solución. ¡Pero también si la salida es la contraria! De ahí, viene el refrán que escuchábamos en nuestra niñez sobre el perro del hortelano “ que ni comía ni dejaba comer”. Viene esto a colación porque en los últimos días se ha recrudecido el debate, dentro de, como señalaba acertadamente el director de El Periódico Extremadura, Antonio Cid de Rivera, el hartazgo de la pandemia, al pronunciarnos de manera contradictoria, una y otra vez. Pongamos ejemplos recientes. Se habla de la oportunidad, o no, de un confinamiento mucho más severo. Incluso similar al de marzo del pasado año. En ese sentido, se apresuran a opinar muchos indicando la inviabilidad de la propuesta: hay muchos elementos que la determinan, desde la caída definitiva de la economía, hasta la supuesta privación de la libertad individual ( en aquellos que se percatan de ella en momentos donde la colectiva podría ser más importante)… Argumentos, varios de ellos muy sólidos. Sin embargo que entran en colisión directa con los opuestos: este tipo de confinamientos debería haber sido mucho antes. No tenemos ya remedio. Se puede hacer en una zona y en otra no. Entre semana, unos días sí y otros no… Y lo que resulta más incisivo. Nos pronunciamos de manera diversa ante un problema común que necesitaría de la unidad de decisiones. De nuevo el estado de las Autonomías queda cuestionado. Ensombrecidos sus enormes avances. Sus ventajas de gestión. Su proximidad al ciudadano. Son momentos tan cruciales en nuestra Historia que sería el Estado el que tendría que mostrar su capacidad de liderazgo. Si se hace el gesto de confiar en que cada territorio pueda tomar caminos diferentes, ya que es obvio que la crudeza de la pandemia se aparece de manera asimismo diversa ( pero con la misma tendencia a la demolición), nos parece que un símbolo de retroactividad tendría que ser, aguantar la presión, compartir las iniciativas en una mesa común y respetar que sea la coordinación y la evaluación de las medidas previas adoptadas las que nos señalen el camino a seguir. Ah, seguimos calificándonos con adjetivos inveterados.

domingo, 1 de noviembre de 2020

PASIÓN POR LA IGNORANCIA

Tomando como referencia esta expresión utilizada por los psicoanalistas, vamos a tratar de diferenciar entre el ejemplo que nos dan los científicos, obsesionados por el progreso, el avance, el uso constante de la tecnología o el ensayo con el objeto de corregir posibles errores y el gusto neurótico, que dirían algunos expertos, por hablar de todo sin saber o simplemente por no querer aprender. El primero de los casos ya está suficientemente demostrada su eficacia. Ahora hace falta que cuente también con el respeto. Con la no inmediatez. Con el abandono de la presión que obliga a dar resultados antes de tiempo. Incluso si estos son falsos o pueden tener efectos contraproducentes. Pero hoy nos queremos detener algo más en el fenómeno contrario. En aquellos que pontifican. En los que ante cualquier problema ( o desgracia) te espetan “ya lo decía yo”, “ se veía venir”, “ vamos demasiado tarde”. Representan el símbolo del agorero. Significan el abandono a la esperanza. Al impulso que da el trabajo. Al reconocimiento y al esfuerzo de miles de personas conscientes, hoy en día de que nada puede ser igual que antes. También en los que, pese a las advertencias de la Comunidad y de las autoridades, siguen empeñados en el negacionismo. En insistir en la superioridad que da sentirse, momentáneamente fuertes. En la persistencia en teorías conspiranoicas. Evitemos malas praxis. Veamos que la fuerza de las buenas costumbres, de los consejos de los expertos, de la continuidad del empeño colectivo, nos lleva mucho más lejos que los retrocesos ocasionados por hechos, en principio aislados, pero que sumados se convierten en multitud y, por consiguiente, en tragedia. Sólo avanzaremos con la constancia que da el cambio continuo. El ser capaces de prever para evitar, pero a la vez improvisar ante desenlaces imprevistos. Estar sujetos a la demanda presente nos hará resolver dudas e incertidumbres. Por ello, siempre volveremos a la lectura y al análisis mesurado. A la otra pasión, la del saber. Como diría el filósofo Inmanuel Kant “Sapere Aude”. Atrévete a saber. Atrévete a pensar. Ten el valor de servirte de tu propia razón. Rechaza la pasión por la ignorancia.

domingo, 25 de octubre de 2020

LETRAS

Esta semana he asistido a la presentación del último libro de Isidro Timón en la Biblioteca Pública del Estado de Cáceres. Se ha dado la circunstancia que han coincidido varios elementos que me ayudan a reflexionar sobre la importancia, nunca expuesta con suficiente fuerza, de la lectura. En primer lugar, me llamó positivamente la atención el proyecto, dentro de la celebración de la semana de las escritoras, de la lectura y simultánea grabación, de un texto. Yo elegí a Josefina Aldecoa que une su profesión de maestra con la vinculación al desarrollo de la transformación de las costumbres de su época. Pero, centrándonos en el acto, pudimos comprobar el celo con el que se cuidaba su celebración. Todos éramos conscientes de que debemos mantener la cultura viva. Lo necesitamos. Así se hizo y funcionó. Me encantó el detalle de la presentadora, Pilar Galán, al plantear esta presentación como un diálogo entre autor y presentadora. Se iban sucediendo las preguntas y respuestas y el público enriquecía su intelecto con estas píldoras tan agradables de tomar. Se vio la vida a través de los ojos y de la imaginación. Se recreó la realidad. O simplemente se mutó. Se transformó en nuevos y múltiples finales para cada una de las historias. Se dejaba abierta la posibilidad de soñar o también de ser cronista de realidades. Se hizo hincapié en la relación de los tres géneros: poesía, teatro y narrativa. Se aludió al hecho creativo. A las anécdotas. Y se leyó. En ese sentido, días después resonaban en mi mente las palabras del filósofo José Antonio Marina en un programa de televisión. Uno de los problemas de las generaciones actuales, no es la ausencia de la lectura o la pasión por ella. Es la falta de reflexión. Si queremos comprender cualquier hecho, debemos profundizar. El habituarnos a expresarnos con pocos caracteres nos hace perder la posibilidad de la dialéctica. Distraernos con el grito, con el trazo grueso, con la escasez de ideas. Nos hace sin duda más pobres.

domingo, 18 de octubre de 2020

VALORAR

Al igual que sucede con expresiones de motivación como: “ vamos a salir más fuertes” “ juntos podemos” o el mítico “ resistiré”, hoy quiero tomar como referencia una frase que ha venido adornando, con cierta nostalgia, nuestra visión de la vida, antes de la pandemia. “Éramos felices y ni siquiera lo sabíamos”. ¿Qué se quiere mostrar con estas palabras? El valor de lo sencillo. La importancia de lo cotidiano. La asunción de que la costumbre, por muy rutinaria que nos parezca, contiene una elevada dosis de suficiencia para llenar de color nuestros días y sobre todo para dotarlos de tonos grises cuando la perdemos. Siempre hemos oído a la gente quejarse de multitud de elementos que nos rodean: el trabajo cuando se nos hace pesado, el calor, el frío, la lluvia o la sequía, el viento o la calima en su defecto. El ruido de los niños cuando no nos dejaban concentrarnos en la lectura o descansar pausadamente en un banco. El lento discurrir de los coches, bien cuando nos pillaba un atasco a la entrada de una ciudad, bien cuando comenzábamos o terminábamos una jornada laboral. La espera en la atención en un comercio o a la entrada de cualquier espectáculo deportivo, cultural o social. La conversación que nunca se acababa con un interlocutor que parecía carecer de prisa o no tener compañía… En definitiva, todo aquello que hacíamos antes con cotidianeidad y que ahora hemos perdido o que estamos tardando en recuperar. Así nos pasa, que siempre que nos resulta posible, ejecutamos alguna acción de las que hace tan sólo unos meses eran habituales y la sobredimensionamos en la escala de satisfacciones personales. Por consiguiente, me parece importante, que en el momento de abrir la boca para expresar cualquier imagen que nos viene de lo que nos está pasando, deberíamos echar la vista atrás, coger fuerzas y pensar que, en la mayoría de las ocasiones, haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos por volver a quejarnos como antes. Éramos felices…

domingo, 11 de octubre de 2020

NACIONALISMOS

Siempre me ha parecido que primar los sentimientos sobre las necesidades objetivas de la gente es, cuanto menos, insolidario. De eso se trata cuando hablamos de nacionalismos. De cualquier nacionalismo. El hecho de creer que lo más importante es la Nación, sublimarla hasta despreciar, o incluso, considerar antagónico al que te rodea, lo considero un síntoma de desprendimiento de la búsqueda del bien común. Y por consiguiente me parece todavía mucho más contradictorio cuando se reivindica desde la izquierda. Los progresistas, si por algo nos hemos caracterizado ha sido por luchar contra las desigualdades. Precisamente lo opuesto a lo que se persigue con el ansia nacionalista. Ellos creen, en el extremo de sus ambiciones, en la diferencia máxima: a lo largo de la Historia han defendido el hecho de poseer una lengua autóctona, una raza superior ( hasta un ADN exclusivo), un territorio al que ponían las limitaciones de forma tan arbitraria como quien dibuja las fronteras con un lápiz en un papel sin entrar en ninguna consideración, más allá de la expansión y la expulsión del “otro”. Entrando en lo doméstico, la solución a los problemas universales no puede venir, desde luego de la imposición, sino de la cooperación. Pero, del mismo modo, no puede nunca valer el “sálvese quien pueda”. Hace unos días escuchaba en una televisión a un dirigente independentista. Afirmaba algo así como que menos mal que no había hecho caso al Gobierno de España y habían decidido hacer, por su cuenta, compras particulares de material sanitario. De este modo, los ciudadanos de su Comunidad habían podido disfrutar de guantes, mascarillas… que en otros lugares de España escaseaban. Y lo decía presumiendo. Con orgullo de patriota. Ah, como decía Enrique Bunbury, “ los nacionalismos, qué miedo me dan”.

lunes, 5 de octubre de 2020

EJERCICIO FÍSICO

En esta alboreada del otoño, compruebo como cada día se inundan nuestras calles, parques y caminos de gente haciendo deporte. Cualquier modalidad es positiva para hacer ejercicio físico. Caminantes, corredores, patinadores, ciclistas, jugadores de voleibol al aire libre, junto con un sinfín de deportes de equipo, conforman un paisaje que a mi me sume en un gran placer. Quizás es ese intervalo de temperaturas. Cuando se rozan los 20 grados el que hace que salgamos de nuestras calles con menor pereza. Quizás sea ese deseo de vivir. Como ayer comentaba con unos trabajadores de El Cuartillo parafraseando a aquel entrenador de fútbol que animaba a seguir adelante “partido a partido”. En efecto, de eso se trata, de disfrutar de nuestra existencia como si no hubiera un mañana. De levantarnos felices por encontrarnos. De sacudirnos los malos sentimientos que nos ocasionan las desgracias que continuamente estamos habituados a padecer. Esa sensación, mística en ocasiones, que mezcla el sacrificio con el gozo. Ese intento de continuar sin parar. De acelerar nuestros corazones. Por motivos muy variados siempre vamos a encontrar un objetivo. Lo adaptaremos a las circunstancias que nos rodean. Lo envolveremos en las preferencias que cada uno elija. Lo distribuiremos en el tiempo según las capacidades o las posibilidades que se nos ofrecen. Buscaremos estímulos. Referentes. Modelos a imitar. Pero a la vez lo seremos para aquellos que nos rodean. Animaremos a que se incorporen a la actividad desplegada. Y sobre todo, pretenderemos que haya continuidad. No se trata de hacer una lista de propósitos por realizar, para abandonarla a la mínima desesperanza o cuando intuimos que se frustran nuestras expectativas. Ha llegado el ejercicio físico universal. Y ha venido para quedarse.

domingo, 27 de septiembre de 2020

TRES JINETES

Estamos, sin duda, viviendo una nueva manera de trasladar lo que fueron en su momento, los tres jinetes del Apocalipsis:el hambre, la peste y la guerra, pero que adoptan, ya avanzado el siglo XXI, nuevas formas. En efecto, el pavor que nos da las consecuencias de la pandemia ( la peste) se convierte, en aras de una imagen contemporánea, en una crisis económica que, salvo por las ventajas que trae consigo el, hasta ahora, denominado Estado del Bienestar, multiplicaría hasta la enésima potencia las visiones del hambre real que creíamos desterradas, al menos, en las sociedades opulentas en las que nos desenvolvemos. Esas figuras del África subsahariana moribundas, esqueléticas, fruto de sequías y hambrunas endémicas, se pueden reproducir en el Occidente más desarrollado bajo nuevos ropajes. La depauperación de nuestras condiciones de vida. El abandono de costumbres y hábitos arraigados en nuestro singular transcurrir diario que lamentablemente, si los parches que los Gobiernos intentan poner para paliar sus efectos, veremos cada vez con más frecuencia en las calles y en las casas de nuestros pueblos y ciudades. Y la guerra. Ahora el campo de batalla, esperemos, no se producirá con el enfrentamiento de los ejércitos y con la demostración del poderío y de las estrategias de las armas convencionales. El enfrentamiento actual se muestra en el terreno de la economía. En la lucha por conseguir el poder de acumular la mayor parte de la tecnología con la que ser los dueños del resto del mundo. Y aunque parezca irreal, lleva aparejado la relación con el resto de “jinetes” de los que hablamos en el presente artículo. Los dominadores serán capaces de decidir quién pasará “hambre” y quién no. También estarán en una posición ideal para solucionar de manera más eficaz, más rápida y evidentemente, menos universal, todos los problemas epidemiológicos que con el paso del tiempo serán cada vez más frecuentes. Por ese motivo, es necesario que la política sea acompañada de la ética y de la filosofía de los valores que definen lo que es la Humanidad. La solidaridad entre territorios. La capacidad de trabajar en conjunto, al margen de capas sociales, económicas o lugares geográficos. Y sobre todo la voluntad de evitar la desconfianza. La sombra de la sospecha, siempre ha apagado el sol que nos permite disfrutar de la vida.