EMIGRACIÓN/INMIGRACIÓN
Continuando en la línea argumental de mi columna anterior y dado que algunos de los lectores han manifestado dudas sobre las diferencias entre los emigrantes y los inmigrantes, las vamos a despejar rápidamente: el que emigra sale de su propio país y el inmigrante es el que llega a uno nuevo.
Sin embargo, esta realidad es mucho más compleja, ya que no se puede indicar que un extremeño que sale de su pueblo y se busca la vida dentro de España no sea un emigrante (eso sí, en su lugar de destino, a diferencia de los no nacionales, no se le consideraría un inmigrante).
Dicho esto, hay muchas similitudes entre realidades pasadas y actuales: recientemente se han hecho virales imágenes (y se aseguraba que no era inteligencia artificial) de cómo vivían en la década de los años 50 muchos emigrantes del sur de España en chabolas construidas en playas de Barcelona, como tampoco podemos ignorar los numerosos testimonios sobre el trabajo infantil de nuestros abuelos emigrantes, o de cómo vivían hacinados…
En eso tenemos situaciones parecidas a las que lamentablemente estamos viviendo estos días: con miles de inmigrantes que soñarían con vivir hacinados, aceptando trabajos que nadie quiere, con salarios de miseria… sólo con la ilusión de progresar y de huir de la desesperación de la que proceden.
Las crisis en nuestro caso deberían resolverse desde la perspectiva humanitaria de un pueblo tradicionalmente acogedor: como ya hemos señalado, incidiendo en ayudar a que tengan una vida mejor en sus lugares de origen, pero con los recién llegados adoptar medidas que, al menos, les permitan no morirse de hambre.
Al mismo tiempo hay que insistir en hacerles ver la realidad del “nuevo mundo” al que llegan. Quizás la respuesta está en la educación para el desarrollo en sus lugares de nacimiento: como están haciendo muchos de los proyectos de cooperación de los que el Gobierno de la Junta de Extremadura, jaleado por la extrema derecha, abomina.
¿Cuál sería la situación ideal? Una inmigración regulada, con permisos de trabajo, sin tener que huir de sus países abandonando a sus familias por persecuciones políticas o sociales o sencillamente porque no ven ningún futuro dentro de una existencia completamente desdichada. Creen que en España o en Europa tendrán alguna oportunidad.
Pero esa sería una situación ideal. Lo real es lo que estamos viviendo con enormes desigualdades a ambos lados de la frontera. Con excesos y delitos, tanto por parte de la población inmigrante como por la autóctona, que deberían ser castigados de acuerdo a las leyes españolas.
Una realidad terrible y un problema, de momento, de muy difícil solución. Tratemos de no agrandarlo.